Opinión
5 de mayo de 2025 | 16:32Cuando estés en Roma, vive como los romanos

La inmigración ha sido un fenómeno constante a lo largo de la historia de la humanidad. Desde tiempos inmemoriales, los pueblos han migrado en busca de mejores oportunidades, huyendo de la guerra, la pobreza o la persecución. Sin embargo, la clave para que estos desplazamientos se traduzcan en un beneficio tanto para el migrante como para el país que lo recibe ha sido siempre el orden y la integración efectiva. Los romanos, por ejemplo, no se opusieron a la inmigración, pero sí establecieron normas claras para garantizar la armonía y el desarrollo dentro de sus fronteras. El adagio que los caracterizó: “Cuando estés en Roma, vive como los romanos”, reflejaba una invitación a la adaptación y la convivencia respetuosa.
Hoy, Chile y muchos otros países enfrentan una crisis migratoria que, lejos de ser una instancia de crecimiento e intercambio positivo, ha derivado en un panorama de desorden y descontrol. El aumento de la criminalidad asociada a la inmigración irregular ha generado un sentimiento de inseguridad en la población. La llegada masiva de personas sin documentación, mediante pasos no habilitados, ha dificultado su identificación y ha propiciado el crecimiento de redes delictivas que operan sin control. Esto, sumado a la falta de medidas claras para ordenar el flujo migratorio, ha creado un clima de tensión y rechazo social.
Es imprescindible que los Estados establezcan mecanismos sólidos para diferenciar entre el inmigrante honesto, que llega con la intención de trabajar y aportar, de aquel que ingresa saltando la pared, sin documentos y sin respetar las leyes del país. En este sentido, se pueden implementar una serie de medios prácticos para enfrentar esa situación, sin embargo, el problema central radica en las condiciones de origen. Es innegable que las naciones que expulsan a sus ciudadanos han fallado en garantizarles una vida digna.
Guerras, gobiernos corruptos, economías colapsadas y sistemas de salud y educación inexistentes empujan a las personas a huir, sin otra opción más que arriesgarlo todo en viajes peligrosos. La comunidad internacional, en lugar de enfocarse solo en la regulación del flujo migratorio o en medidas restrictivas, debería priorizar estrategias que permitan a las personas encontrar bienestar y desarrollo en su propio país.
Chile y otros países deben enfrentar este desafío con una visión equilibrada: garantizar el derecho de quienes legítimamente buscan una mejor vida, sin descuidar la seguridad y el bienestar de la ciudadanía. No se trata de cerrar las puertas, sino de abrirlas con criterio, asegurando que la inmigración se transforme en un motor de desarrollo y no en un foco de conflicto.
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